EL GLACIAR ESTA EN MI CASA PDF Imprimir E-mail
Escrito por Redacción   
Martes, 31 de Marzo de 2009 15:48

Por Alejandro San Martín


El destello de los flashes del cambio climático ha iluminado -como le sucedió con otros ecosistemas - a los hasta hace muy poco sólo admirados, pero poco conocidos, glaciares. Nunca antes se habían puesto sobre la mesa de los grandes temas –a excepción de las conferencias internacionales sobre cuestiones específicas que hacen al ambiente- y ahora, como por arte de magia, se instaló en las conversaciones cotidianas en los hogares.


¿Qué cambió?. Primero en cuentagotas y después bajo una catarata de información, los simples seres humanos fueron comunicados que esos bellos monumentos de la naturaleza iban a desaparecer bajo el embrujo del calentamiento global, y que ese eclipse iba a representar más penurias a un mundo con sobredosis de malas noticias.
Desde este lado del planeta, con el regalo de contar con la tercera masa glaciar del mundo –compartida con Chile-, escuhamos, leímos y observamos, como los representantes del pueblo de la Nación en un voto unánime dictaron la primera ley de protección de glaciares de América Latina, en octubre de 2008.
De esta forma, los 2.600 kilómetros cuadrados de superficie que ocupan los glaciares del lado Argentino del Campo Hielo Sur, tuvieron por muy poco tiempo un régimen de protección que abarcaba no sólo al glaciar, sino también al ambiente periglacial, entendido éste como el “área de alta montaña con suelos congelados que actúa como regulador del recurso hídrico” (artículo segundo del proyecto de Ley Nº 26.418).
Asimismo, el mencionado proyecto ordenaba, en su artículo tercero, la creación de un inventario de glaciares con un plazo de actualización cada cinco años.
Tan rápido como la sociedad se enteró de su sanción en Diputados, fue informada por los medios que el Poder Ejecutivo había dispuesto el veto del proyecto, supuestamente, a causa de la presión de las provincias cordilleranas con importante presencia de empresas mineras en su territorio.
La causa estaba en las prohibiciones que enumeraba el artículo sexto para todas aquellas “actividades que puedan afectar su condición natural…que impliquen la destrucción o traslado o interfieran en su avance”. El inciso C del señalado artículo nombra específicamente “la exploración y explotación minera o petrolífera”.
Una vez más, la ‘sensación’ que quedó flotando fue que habían perdido otra vez  las generaciones futuras a expensas de las presentes, por la presión de los grupos económicamente más poderosos.
Para no entrar en la valoración sobre esa decisión, es importante destacar que los glaciares son, en muchos caso, el lugar de origen de un río y por tanto, parte de una cuenca hidrográfica en interconexión con los demás elementos integrantes de la misma, a saber, tierras aledañas, afluentes, arroyos, meandros, acuíferos, fauna, flora y zona marítima costera.
Es decir, de forma cotidiana miles y miles de personas entran a diario en contacto con los servicios ambientales que brindan los glaciares, el primero de los cuales es su función como reserva de agua dulce.
Una persona que abra un grifo, riegue o encienda las lámparas de su casa alimentadas por energía hidroeléctrica está, en muchos casos, aprovechando de todo lo que ofrece el glaciar.
No sólo de la imagen vive el coloso. A su valor escénico inigualable –atractivo de turistas y científicos-, el glaciar es un depósito de precipitaciones, regulando sus flujos, que otorga continuidad en el ciclo hidrológico.
Es, asimismo, un regulador del clima; influye en la circulación y estructura de los océanos, en la actividad volcánica, el la deformación  de la corteza terrestre, en la distribución de especies animales y vegetales y en el aumento y disminución de muchos ríos y lagos.
Demasiados beneficios que pueden llegar a perderse por la avidez de ganancia rápida de un puñado de empresas que no tienen en cuenta el bienestar de las generaciones futuras.
Queda la ilusión, por el momento, que las autoridades encuentren la alternativa posible y generosa de una nueva norma que sirva a los intereses de la sociedad y de la Nación toda.
El secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable, Homero Bibiloni, en una entrevista otorgada a un medio especializado en el tema, aseguro que la nueva normativa que se busca consensuar no deberá repetir “lo que ya dicen la Constitución, la Ley General del Ambiente y los límites con base penal a las conductas antrópicas”.
Para el funcionario, “hay que buscar normas no efectistas que resuelvan, ordenen y regulen actividades para proteger a los recursos naturales que constituyen un valor estratégico y diferencial de los pueblos latinoamericanos”.
El tema ya salió de los despachos oficiales, las reuniones especializadas y los medios de comunicación y se instaló en la mesa de los argentinos. Los sentidos de la sociedad están atentos.
El glaciar dejó de ser esa postal inocente y se transformó, por obra y gracia del calentamiento global y de las normas que son pero no tanto, en un símbolo del delicado equilibrio para la supervivencia futura de millones de personas. Está entre nosotros, en nuestro hogares, para que pongamos nuestra mirada crítica hacia las decisiones que nos van a impactar. Como debe ser.

Palabras clave:  glaciares
 

Notas Relacionadas