| Monsanto y los espejitos de colores |
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| Escrito por Redacción |
| Jueves, 01 de Octubre de 2009 10:30 |
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Si hay un producto que se encuentra enraizado en la cultura del pueblo mexicano –y de gran parte de América latina-, es el maíz. Un poco más de cinco siglos después de que los europeos, especialmente los españoles, llegaran a estas orillas para engañar mediante espejitos de colores a los indígenas americanos, Monsanto utiliza la misma estrategia. “Quieren introducir el maíz transgénico a toda costa”, acusó Gilberto González Rodríguez, maestro e investigador de la Universidad Autónoma de Nayarit, un estado que se encuentra al norte del país, recostado sobre Pacífico. Sabe de lo que habla. Desde hace cuatro años que lucha junto a las comunidades indígenas para resistir a la invasión de la compañía. Habla de cultura pero Monsanto no entiende de esas cosas. “El maíz para las comunidades es el medio de subsistencia. Si no hay maíz no hay comida ya que todos sus alimentos los hacen a través del maíz. Además todas sus fiestas, sus ritos y tradiciones son en base al maíz. El maíz es el centro de su vida, de su comunidad. Cuando decimos que le proporciona alimento, hablamos del corporal y el espiritual”, explicó a Medio y Medio.
González Rodríguez vino a la Argentina a presentar el trabajo de educación ambiental que realiza en su comunidad. Fue para el Congreso Iberoamericano. Antes, otro mexicano, Enrique Leff, había dicho que en su país el problema es particularmente agudo “en la medida que atenta por ejemplo a la diversidad genética de un cultivo emblemático que es fuente de la alimentación del mexicano”. Un complejo proceso histórico hizo que el maíz se fuera “domesticando” e “hibridando culturalmente”. Es así como se consiguieron una enorme variedad. En Nayarit se puede ver maíz de los más diversos colores. Monsanto tomo esas semillas e hizo transgénicos a la medida. Ese maíz se lo llevaron a los laboratorios de la compañía e hicieron las cruzas necesarias para conseguir un híbrido. “Quieren hacernos dependientes de esas semillas para después vendérnoslas”, aseguró el investigador. “Los indígenas no quieren comprar ese maíz, porque ellos mismos seleccionan sus semillas y el próximo año entonces siembran. Hubo un programa hace como seis o siete años que se llamaba kilo a kilo. Las compañías transnacionales les daban un kilo de maíz híbrido por uno de los indígenas”, dijo González Rodríguez, descifrando el proceso que utiliza la compañía para ocupar una plaza. Como en casi todo el continente, el socio más activo de la empresa es el propio estado. “Es una alianza. Las compañías van y se las ofrecen al gobierno y el gobierno lanza un programa. Fui a hablar con el director del programa y le dije: ustedes le quieren dar cuatro toneladas de semillas híbridas a la comunidad. Le dije que estábamos trabajando en un programa de semillas nativas. El director del Programa me dijo que las agarre y las venda”, contó. Cualquier similitud con la realidad local, no es pura coincidencia. “Hay un latifundio genético desde Argentina hasta el corazón de Groenlandia”, acusó en su momento otro de los participantes de ese Congreso, Carlos Galano. Pese a que le sirve como sustento teórico, el profesor Rodríguez Gonzáles prefiere manejarse con la palpable realidad de las comunidades y el avance de Monsanto sobre la cultura y la seguridad alimentaria de los mexicanos. “El maíz transgénico quieren utilizarlo para hacer el biodiesel, entonces un alimento lo transforman en un energético”. La educación ambiental en este caso está dando sus frutos. Los indígenas de Nayarit se negaron a aceptar las semillas de colores “truchas”. El gobierno insistirá, como ya lo hizo en otros lugares del país donde tuvo más éxito. “Nosotros no queremos semillas, queremos seguir conservando las nuestras. Ahí yo vi la reacción y noté con satisfacción que los indígenas, gracias a la educación ambiental, se dieron cuenta del engaño. Si no hubiese llegado allí la educación ambiental, lo que le llega del gobierno lo agarran y lo aplican”, contó. Monsanto seguirá insistiendo con sus nuevos “espejitos de colores” y para ello contará con la anuencia de los cómplices gobiernos del continente. “Al final se logró que nos les dieran las semillas y si los insumos que ocupaban”, festejó González Rodríguez. Quiere que esa experiencia se replique en cada lugar de América. Por lo menos, en ese pedacito de México, la poderosa Monsanto perdió una batalla.
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