La Semana que se va PDF Imprimir E-mail
Escrito por Redacción   
Domingo, 13 de Diciembre de 2009 11:20


Y Jesús dijo: “dejad que los niños vengan a mí”, y los apañó con su manto protector. Hagamos una extrapolación. Saquemos a Jesús de escena y pongamos al estado argentino. El resultado: el horror. Los más débiles e indefensos de todos son castigados por un estado criminal y negligente. El Atlas de la niñez en riesgo ambiental de la Argentina, presentado por la Defensoría del Pueblo de la Nación, puso de manifiesto el genocidio que está ocurriendo en el país bajo la mirada distraída de los funcionarios. De acuerdo a un sesudo trabajo de recopilación de datos de los organismos públicos, más de mitad de la población de menores de 18 años está en riesgo ambiental. La contaminación industrial, los plaguicidas, el olvidado saneamiento ambiental y la minería, generan el veneno que matan a los chicos. Lo más lamentable de todo –descontando por supuesto el hecho de que más de 7 millones de chicos están en riesgo de contaminación-, es que esos organismos que deberían tener los datos fehacientes de la situación, no los tienen, o los niegan o los mantienen bajo siete llaves. No vaya a ser que la gente sepa que la están asesinando de a poco. El caso más paradigmático es el de la secretaría de Ambiente de la Nación y el de la secretaría de minería. Para esos organismos, lo que no se ve, lo que no está  en los papeles, no existe. Algo parecido decía Videla sobre los desaparecidos. Está muy mal un país que olvida y deja en el camino a sus propios hijos, y entre ellos, a los más indefensos. En el mismo momento en que se conocía estos datos aberrantes, la titular del ejecutivo anunciaba una baja en la mortalidad infantil. Los números en argentina son mentirosos, sobre todo cuando se inventan.

Mientras eso sucede en el país, el mundo sigue con la mirada puesta en Copenhague. La cumbre nacida renga, terminará descuartizada. Todos saben que es un fracaso anunciado, y hasta lo dicen con todas las letras, como los rusos. Copenhague se ha transformado en un circo donde los bien alimentados juegan a ser benefactores. Ni el apurado anuncio de Barack Obama con la intención de saltar por sobre el Congreso norteamericano fue tomado con mucho entusiasmo. Apenas una tímida mueca de satisfacción. Los senadores republicanos salieron a escupirle el asado de forma temprana. El flamante premio Nobel de la Paz más guerrero de los últimos años no podrá firmar nada. Hasta algún representante del senado se animó a desafiar a los pregoneros de la catástrofe inminente y los calificó de “fascistas científicos”. La espada de Damocles del “Climagate” pende sobre el débil cuello de Copenhague. Entre tanta discusión sin sentido y manifestación de los burgueses culposos, la estupidez hace su presentación en la  Cumbre del Clima. Lo hizo en forma de prohibición, como no podía ser de otra manera. Los daneses, desesperados para que  su intento de convertirse en el lugar donde el mundo se salvará a sí mismo, prohibieron poner árboles de navidad en el predio donde se realiza la cumbre para no ofender a los musulmanes. Así de tontos se comportaron y comportan los Greenpeace criollos, que no tuvieron mejor idea que preparar una especie de. “busquemos a Willy” versión vernácula, cambiando el famoso personaje por la ignota –para esas tierras del norte de Europa, por lo menos- presidente argentina. Para la multinacional verde del barrio de Chacarita, si Cristina no va a Copenhague, no se garantiza el acuerdo. Sin comentarios.

En la misma reunión -mientras Obama blandía los tambores de guerra en Oslo al recibir el Premio de la Paz-, daneses, americanos del norte y británicos veían como se filtraba un acuerdo secreto preparado por ellos mismos para enterrar al Protocolo de Kyoto No hay diferencia entre la lógica utilizada por el primer presidente negro norteamericano en el coqueto salón de la entrega del Nobel, y lo que piensan las grandes potencias respecto al cambio climático. Todo termina siendo un juego de guerra y de fuerza.

En la geografía local, mientras tanto, suceden cosas. El gobernador de Santa Cruz, Daniel Peralta, le puso una zancadilla a la voracidad depredadora de las empresas mineras. Si no les gusta, dijo, que se vayan. Terrible afrenta para quienes están construyendo un país paralelo dentro de la Argentina. La respuesta no se hizo esperar y la temible Cámara que aglutina a todas las empresas salió a responderle al hombre que gobierna la tierra de los Kirchner. ¿La guerra es contra el ex Presidente o con el Ex Presidente?. Si se observa el impulso que le ha dado a esa industria la anterior administración argentina, no caben dudas de la respuesta. Pero en Argentina, y en política, todo puede ser. Lo que no cambia es el “amor incondicional” que las mineras profesan por el gobernador de San Juan y sus hermanos, los Gioja. Quizás sus ambiciones presidenciales lo terminen encumbrando como primer mandatario de la República Minera.

Y en la otrora reina del Plata, los sacudones se suceden. Son días de cambios de gente que no cumplió en nada con la función para la que habían sido designados. Uno de los que cayó fue el ahora ex ministro de Ambiente y Espacio Público de la ciudad de Buenos Aires, Juan Pablo Piccardo. Probablemente lo veamos a partir de ahora deambular desde su mansión a los oscuros recovecos de los subterráneos de Buenos Aires, tan oscuros como su lamentable, olvidable y deplorable gestión. No lo vamos a extrañar.

Palabras clave:  piccardo - defensoria - obama - greenpeace - peralta - mineria
 

Notas Relacionadas