| Greenpeace: el trampo lín político |
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| Escrito por Redacción |
| Lunes, 26 de Julio de 2010 11:45 |
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![]() La transnacional ecologista es un gran filón. Que lo diga sino el mediático presidente de la Greenpeace España, Juan López de Uralde –quien saltó a la fama internacional tras irrumpir en la cena de gala de la conferencia de Copenhague con uno de los clásicos cartelitos y fue detenido. Ahora Uralde anunció se paso a la política en una España de la zarazaza. "La perpetuación en los cargos no es buena para ninguna organización, y creo que ha llegado el momento de dejar la dirección de Greenpeace e iniciar un periodo de reflexión", dijo el regordete militante quien se acordó un poco tarde –tras 10 años de titular indiscutido de la filial Ibérica- que enquistarse en el poder no era bueno. El anuncio reflejado en el blog personal del involucrado y reproducido por el diario español, El Mundo, disparó una catarata de respuestas por parte de españoles indignados con el fulano y su organización. “Otro cantamañanas quien quiere chupar del bote. Negó su responsabilidad de sus actos en Dinamarca. Llorón de primera clase, por no decir otra cosa. Que Dios nos salve de ese señor que ahora quiere ser político. Ay que país”, escribió uno.Otro indignado lector se despachó: “Ya me extrañaba a mí, me daba la impresión de que después de la "movida mediática" que se formó , estaba tardando en dejar de ser un "cooperante" y ponerse las calzas de un político ganapasta”. López de Uralde no precisa de encargado de relaciones públicas para hacerse difusión. En la nota aparecida en El Mundo, el todavía director de Greenpeace dice dejar la ONG con más de 100.000 socios en España, "en la mejor situación y en el mejor momento posible", ya que "está fuerte, saneada, y llena de vigor". O sea en algún momento no estuvo saneada pero no aclaró más del punto. En los 10 años de su mandato, López de Uralde ha trabajado "en muchísimos ámbitos" y ha ayudado a la ONG a conseguir "avances importantes" en aspectos como el impulso a las energías renovables, la denuncia de vertidos de petróleo o la defensa de los bosques del planeta. Nada dice en cambio de las acusaciones sobre datos falsos y montajes fotográficos que sobrevuelan sobre su reinado verde. López de Uralde dejará el cargo en agosto y, en septiembre, se abrirá el proceso para la selección del nuevo director ejecutivo, que suponemos, dada la tradición “democrática” de la organización, será por el voto popular. Acá lejos, en las pampas argentinas, el enigmático Director Político de Greenpeace argentina –una especie de presidente-, Martín Prieto, no tiene todavía los galardones de haber ido preso a una coqueta cárcel de Copenhague –difícilmente comparable a una prisión del tercer mundo- aunque no puede descartarse en algún momento su incursión en las arenas políticas. A lo sumo puede asumir la responsabilidad de las curvas insinuantes de Evangelina Carrozo avanzando hacia los presidentes reunidos en esa recordada foto de Viena. En sus esporádicas apariciones mediáticas, esa especie de monje gris del ambientalismo argentino reconoció que “somos una organización que tiene una estructura burocrática, pero eso nos permite hacer algo que otras organizaciones no pueden hacer: enfocar una problemática global con el ángulo de las visiones nacionales”. La cosa es que ese ángulo deja mucho que desear y es enfrentado rápidamente por otras organizaciones cuando se trata de algo que desde la visión global convierte el tema local en una pasta viscosa. Así Filmus habló de los glaciares no como un tema de agua para la gente y política minera y si de cambio climático, o la fugaz aparición y desaparición en el Riachuelo o las patadas en Gualeguaychú con la idea de producción limpia que además suele estar atado a préstamos internacionales, o y la lista es interminable. Es difícil recordar alguna gestión importante de Prieto, en su titularidad en Greenpeace, que haya terminado con un rotundo triunfo a favor de la gente y el medio ambiente. Más bien son más las campañas millonarias que no han aportado nada. Su insistencia en disfrazar a sus acólitos de ballenas o de ratas y cucarachas que salen de la alcantarilla para pedir la ley de basura cero, son solo escenografías sin ningún resultado concreto. Sin hablar, claro, de sus silencios o complicidades o arribismos en casos como el Riachuelo, Gualeguaychú, el derrame de Magdalena o los agroquímicos. Mucho ruido, pocas nueces. En cualquier momento lo tenemos de político. Pero cuidado, que el Nosiglia de los guerreros del arco iris tiene un férreo contrincante: nuestro yuppie ambientalista Juan Carlos Villalongua, alias Cali. Ese si que sabe moverse entre las cortinas del poder. Basta un simple googleo para ver que siempre estuvo sentado por ahí. ¡Viva la revolución verde!
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