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Escrito por Redacción   
Domingo, 03 de Mayo de 2009 11:36


 

La ciudad de los abrazos prohibidos

La capital mexicana es hoy en una megalópolis donde hay que mantener distancia para hablar con alguien

Luis Moreiro
Enviado especial

CIUDAD DE MEXICO.- Son las siete de la tarde del sábado 2 de mayo. Atardece en Ciudad de México. Hace hoy exactamente cuatro días que no veo una sonrisa. Hace cuatro días que no estrecho una mano. Que recibo toda demostración de afecto o de educación a tres metros de distancia. Y, aunque parezca desmesurado, me hace feliz no haber estornudado más que dos veces. Y, por suerte, siempre en la soledad de mi habitación.

Vi la última sonrisa sin barbijo en Ezeiza, cuando la despachante de Mexicana de Aviación me despidio con un particular sentido del humor: "Buen viaje, señor, y ojalá pueda regresar".

Nueve horas después, la agente de migraciones del aeropuerto Benito Juárez se aprestaba a poner el sello de entrada en mi pasaporte. "Señor, ¿sería tan amable de quitarse el tapabocas [barbijo] para poder verle la cara y compararla con la foto de su documento?", preguntó.

Cumplido el trámite, se abrió ante mí un universo diferente; un mundo en el que no es posible estrechar una mano ni saludar a una dama con un beso; un mundo en el que para hablar con otra persona no sólo es imprescindible el barbijo, sino también mantener dos metros de distancia. Suena tremendamente loco, pero es verdad. Un barbijo y dos metros de distancia pueden ser aquí la diferencia entre la vida y la muerte.

La tarde de mi llegada, la Organización Mundial de la Salud (OMS) elevó de cuatro a cinco el nivel de alarma ante una posible pandemia por el virus de la influenza porcina.

Desde hace días, la radio, los sitios de Internet y la televisión meten miedo: un miedo visceral; la tremenda e indescriptible sensación de que respirar puede matar; la incomparable sensación de estar aquí para intentar contar cómo se vive y se muere, en una pandemia de la Edad Media en pleno siglo XXI.

El restaurante del hotel, en el centro de Ciudad de México, está cerrado, como todos los bares y casas de comidas aquí. Para comer, hay que pedir servicio a la habitación.

"Estar aislado es la medida preventiva de mayor efectividad", repite el secretario de Salud mexicano, José Angel Córdova, por todos lados. Pero hay que salir a la calle, lavarse las manos, no olvidar el alcohol en gel. Los barbijos tienen una efectividad de cuatro horas.

Roberto Barreda atiende su puesto de venta de diarios en la avenida de la Reforma. Es un verdadero chamaco. Tez cetrina, bigotes a lo Cantinflas y poco más de un metro cincuenta de estatura. "Esto es psicológico, señor. No debe ser tan grave. Mi vida, normal. Es cierto que casi no hay gente. No vendo nada, pero aquí estoy, trabajando como todos los días desde hace 30 años."

Comprar el diario y tocar dinero obliga a un necesario baño de alcohol en gel en las manos. Y recordar siempre: no tocarse nunca la boca, los ojos ni la nariz.

El virus se transmite de persona a persona. Marcelo Ahued, secretario de Salud de la capital, es didáctico: "El virus se muere con el sol. Es tremendamente lábil. El alcohol lo mata; también, la lavandina. El contagio es de persona a persona; por eso nunca dé la mano ni un beso. Las partículas, cuando hablamos, pueden volar hasta siete metros. Por eso es fundamental el uso del barbijo."

El sol azteca y la envidiable arquitectura de la ciudad invitan a caminar. El Zócalo, inmenso, se abre ante la vista. Sobre la vereda de la catedral, no hay chicos. No se oyen risas. Sólo el ir y venir de gente, poca gente. El fragor del tránsito es apenas un rumor. No se oyen bocinazos ni frenadas chirriantes.

Son las cinco de la tarde, hora de volver al hotel. La recepcionista pregunta cuánto tiempo nos demandará preparar el equipaje, porque decidieron hacer un cambio de habitación. "Es que hay tan pocos pasajeros que los agrupamos en dos pisos", tranquiliza. Esta mole de cemento tiene 15 pisos, con 50 habitaciones cada uno. "¿Cuántos pasajeros hay?" pregunta el cronista. "Con usted, 28", responde la empleada.

Sacarse el barbijo

Media hora después, caminar detrás del botones que lleva las valijas atemoriza. El pasillo ya está a oscuras. En el spa -que esa misma tarde también será cerrado- un empleado lee el diario, detrás de su barbijo. De los cuatro ascensores, sólo funcionan dos. El compás de los pasos sobre las mullidas alfombras no alcanza para romper el silencio de esta mole tan vacía y tan llena de incertidumbre.

A las seis de la tarde, los 28 estamos encerrados en las habitaciones. Ya no hay nada que hacer en la calle.

Los picaportes, mejor abrirlos con una toallita de papel. La bocina del teléfono hay que limpiarla con alcohol antes de usarla. Uno nunca sabe quién es el empleado que ordenó la habitación. Cuando llega la comida, mejor descartar las servilletas de tela. Las de papel son más seguras.

Solo, en las más absoluta soledad, uno se quita el barbijo. Los muertos por el virus pasan a 16. Hay casos en Estados Unidos, Europa y Asia. Hace mal quedarse pegado a la televisión. En la calle, al menos, uno se hace a la idea de que la vida continúa.

El país está parado y así seguirá hasta el martes. El fútbol se juega a puerta cerrada. Suspendieron misas y casamientos. "¿Qué hacen sus nietos, si no pueden salir de la casa?", le pregunta LA NACION a don Alvaro, el afable chofer. "Miran televisión, leen, dibujan. Mucha PlayStation e Internet. Hace una semana que no salen de la casa." Sorprende, en este momento, la facilidad con que se escriben las palabras. ¿Se podrá entender lo que significan?

Hace ya 48 horas que en esta ciudad no hay muertes atribuibles al mal.

Ayer, todos se despertaron con la conferencia de prensa de Córdova. Su mensaje fue esperanzador. Cree que lo peor ya pasó. Ojalá sea cierto. Quisiera irme con las mismas ganas de vivir con las que vine. No quisiera irme de estas tierras sin estrechar la mano de esta gente.

Palabras clave:  la nacion - pandemia - gripe porcina
 

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