Riachuelo rojo shocking PDF Imprimir E-mail
Escrito por Sergipo Federovisky   
Miércoles, 30 de Noviembre de 2011 10:00

Es probable que la pregunta resulte impertinente para algunos, redundante para otros y políticamente correcta para la mayoría. Pero es necesaria: ¿para qué queremos limpiar el Riachuelo? ¿Qué sentido tiene encarar su saneamiento?. Es bastante probable que los sucesivos fracasos en dicho emprendimiento –y sobre todo la falta de resultados en la etapa actual originada en la orden de la Corte Suprema de encarar el saneamiento– devengan de no haber respondido esa pregunta o, lo que es peor, de no haberla formulado. La contaminación de un río, y más aún de un río urbano, no es un hecho casual ni consecuencia de la maldad coyuntural de los empresarios ni de la inoperancia o venalidad estructural del Estado para controlarlos. Ni siquiera es un problema ecológico en sentido puro, sino más bien una manifestación que reúne causalidad social, económica, productiva, política y, de paso, ambiental, como una síntesis de aquellas variables superpuestas. Usando a Edgar Morin, se trata de dejar de pensar desde lo tecnológico (como desde lo “ecológico”, debería agregarse) pues fragmenta la visión global del problema, “que es el de la organización de la sociedad”. La contaminación de un río no es más –ni menos– que la expresión del vínculo conformado entre la sociedad y el medio físico en que se establece. Y si ese vínculo es anómalo el resultado ambiental que se manifieste también lo será. Razones históricas. El Riachuelo no permaneció así durante casi 200 años por azar. Ya las Leyes de Indias con las que se establecieron los asentamientos en el “nuevo mundo” determinaban que el desagote de sus desperdicios debía situarse “aguas abajo” del damero urbano: “aguas abajo” de Buenos Aires estaba el Riachuelo.

En las posteriores y sucesivas fases de desarrollo de Buenos Aires, configuradas por el devenir tecnológico o social, el Riachuelo fue cumpliendo con el cometido original de desagote y, por ende, de ubicación de las actividades más contaminantes: los mataderos de la Colonia, los saladeros del siglo XIX, la industrialización del siglo XX y, siempre, el derrotero de los efluentes cloacales de la ciudad. Y sobre este mapa productivo se superpuso el correspondiente mapa social: cuando el Riachuelo fue “acusado” de la peste de fiebre amarilla de mediados del 1800 y los ricos corrieron a refugiarse a las tierras altas de la Recoleta, se sentenció que sus orillas serían ocupadas por aquellos que carecían de mejores opciones o que no tenían otras.

El destino del Riachuelo fue escrito a partir de aquella “decisión” de capturarlo como caño de desagüe. Y su condición de eterno contaminado deriva de –y es inherente a– aquel uso que la sociedad porteña, y luego el conurbano contiguo a su margen derecha, le otorgó.

¿Podría el Riachuelo no estar contaminado tras ese devenir histórico? Podría estarlo apenas un poco menos, si se cumplieran mejor las normas ambientales modernas y si los desechos de los tres millones de habitantes de la cuenca tuvieran el tratamiento adecuado. Pero por su condición de “río industrial” y asiento de uno de los sectores sociales menos favorecidos del área metropolitana, seguiría lejos de presentar el estado propio de un río.

Opciones. Tratando de alejarnos de la excusas de ocasión que solo apuntan a garantizar el fracaso del enésimo plan de recuperación de la cuenca, conviene conocer antecedentes de ríos cuyo estado inicial era similar al del Riachuelo y para los que el “saneamiento” fue posible porque supuso una reconversión de la función que ese recurso natural cumplía para la sociedad allí instalada.

El Támesis es uno de ellos. Hay una histórica foto de 1950 en la que los miembros de la Cámara de los Comunes se tapan la nariz para reflejar el hedor que brotaba de sus aguas. Se diagnosticó que debía reformularse la ocupación urbana de la cuenca, resolver la cuestión de los desechos cloacales, disminuir la presión habitacional sobre sus márgenes y diseñar un uso recreativo y turístico del río: tras 150 años de contaminación pura y dura, en 1974 se encontró un pez en sus aguas. La consultora Thames Water, encargada de proceso de recuperación del Támesis, hizo en 1980 un estudio sobre el Riachuelo. Hace ya treinta años sentenció que, de acuerdo con el uso industrial y social que el área metropolitana de Buenos Aires daba a ese curso, “no pueden esperarse peores condiciones para ese río”. La ría del Nervión, que atraviesa Bilbao desde su fundación hace 700 años, es otro ejemplo. La ciudad estaba tomada por su perfil industrial y el río que la acompañaba era su reflejo. A comienzos de los ochenta, aterida por la lluvia ácida que provenía de la industria que la poblaba, Bilbao inició un proceso que se denominó regeneración urbana; es decir, hacer “otra” ciudad. La industria –un polo equivalente al que funciona en Dock Sud como una bomba de tiempo a pocas cuadras de la Plaza de Mayo– fue trasladada a lo largo de 30 años: hoy, donde antes se alzaban hornos de fundición, se levanta el museo Guggenheim y, en las elocuentes fotos comparativas del antes y el ahora, se observa una ciudad con río y un río con agua de color del agua.

En estos casos, como en el del río Tieté en San Pablo, hubo un debate acerca del papel que el río cumpliría en la ciudad que se configuraría a partir de la decisión de abordar su saneamiento.

Visión parcial. Sanear un río no es lo mismo que abordar la anomalía socio-ambiental que se desprende del modo de apropiación del espacio físico y que condiciona el estado de la cuenca. Sanear representa una mirada tecnológica y, por ende, parcial. Sanear y punto presupone que el Riachuelo sea como hasta ahora pero un poco más limpio, más adecuado a las consignas ecológicas de este tiempo. Sanear y no observar la universalidad del vínculo sociedad-naturaleza que allí se establece conduce a conductas sesgadas persiguiendo, como máximo, mejorar lo que ya de por sí es un escándalo. (Quizás la figura que mejor ejemplifique ese sesgo sea la decisión de erradicar las villas que se asientan a orillas del Riachuelo, solo porque están a sus orillas y trasladarlas para que se conviertan en las mismas villas pero fuera de los límites geográficos de la cuenca).¿Acaso no puede pensarse para el Riachuelo otro destino que no sea su función de caño? ¿Por qué no imaginar un polo turístico-inmobiliario, sin industria pesada, o simplemente un río sano, urbanizado, que integre dos lados hoy divorciados de una gran ciudad?

Abordar la integralidad del asunto implica mirarlo con perspectiva de sistema complejo, pues se trata de un escenario complejo. Ordenar el saneamiento del Riachuelo dejando incólumes las causas que llevaron a que sea lo que es, no solo conduce al fracaso de un propósito loable, sino que funciona como soporte –o coartada– para la inoperancia de esa acción. Y hasta justifica que uno se interrogue acerca de si tiene sentido gastar lo que se va a gastar para tener un río un poco menos sucio. Es que, más allá de la desidia o incompetencia coyuntural de tal o cual gobierno, de tal o cual lado del río, quizás sea la ausencia de la pregunta del comienzo lo que está impidiendo que la sentencia que ya hace tres años dictó la Corte (“limpien el Riachuelo”) pueda llevarse a cabo.

* Biólogo, presidente de la Agencia Ambiental La Plata.

 

Palabras clave:  riachuelo
 

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