| Un país conquistado por el arsénico |
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| Escrito por Redacción |
| Martes, 04 de Agosto de 2009 15:30 |
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Por su puesto, los más afectados son siempre los pobres. Las manos callosas lesiones en palmas de manos y pies, manchas con escamas en la superficie, ulceraciones y verrugas son algunas de las exteriorizaciones de ese envenenamiento progresivo. La extensa afectación del territorio argentino, de grado variable pero siempre por sobre las cifras admitidas como normales de arsénico en las aguas, que es de 0,12 mg/L (0,05 mg/I, tolerados como máximo nivel de contaminación según la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidas de América en el año 1982), genera una población en riesgo de aquellas patologías. La enfermedad, identificada a principios del siglo XX como hidroarcenisismo crónico regional endémico (HARCE), está a las puertas de Buenos Aires, en La Matanza, entre otros lugares. Este panorama desalentador tiene su correlato en la falta de previsiones por parte del sistema de salud nacional. De hecho, ni existe un registro adecuado que pueda informar sobre cuanta gente está afectada por la enfermedad. Una posible solución derivaría de otro tema que está ausente de la agenda; el ordenamiento ambiental. Hay estudios de la Secretaría de Ambiente que s refieren específicamente al problema, sin embargo la información se pierde entre pares, sin llegar, una vez más, a la gente. Los que hacen, los que están, son siempre los mismos luchadores solitarios que con medios escasos y un olvido reiterado y sin sentido por parte de las autoridades trabajan a sol y sombra en lejanos y olvidados territorios. Es el caso del médico Carlos Padial, que en el desolado campo de Santiago del Estero, lucha para que su gente no muera por el simple hecho de beber agua. Sería bueno saber en que estado están la decena de máquinas de ósmosis inversa –tecnología apropiada para potabilizar el agua- que desde hace más de una década se desparraman en la provincia sin cumplir su cometido.
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