La Mentira PDF Imprimir E-mail
Escrito por Mariela Silvestein   
Domingo, 06 de Septiembre de 2009 14:28

Opinión  Mariela Silvestein Conciencia Solidaria

Cuando observamos un cazador, tanto de los más primitivos como de aquellos que asesinan con la más sofisticada de las tecnologías, sin saberlo nos encontramos ante una de las actitudes más antiguas de las tantas ensayadas por el hombre: La Mentira. El cazador debe mantener a su presa en un estado de indefensión o impotencia; pero, para muchos de quienes adhieren a la degradante práctica de cazar, la mejor estrategia es el engaño. Así, anzuelos, trampas, pozos camuflados, lazos, jaulas diversas, venenos, redes, y las ya conocidas armas de fuego, como las arrojadizas, son accesorios que de diversos modos sostienen el ardid o lo completan. Esta actitud de buscar lograr aquello que se desea mediante el engaño esta profundamente arraigada en la cultura que conformamos.

El hombre de la superficie planetaria ha generalizado y adaptado el modismo del trampero con las variables que cada actividad humana hace necesario; según una idiosincrasia basada en la especulación, el usufructo enfermizo, así como en un endémico aunque subconsciente pánico. Este último, producto de un alejamiento masivo de la humanidad respecto de la esencia que alberga en sus niveles interiores y que para la mayoría de sus componentes es inasequible.

Los fundamentos de la mentira pueden encontrarse en la búsqueda de satisfacción, seguridad, o poder, a cualquier precio. Del mismo modo, es el método espontáneo para la no admisión de responsabilidades; sean estas provenientes de nuestros yerros u errores, así como de la compulsiva constricción que tantos individuos manifiestan respecto a sus deberes y obligaciones, en una franca descompensación a la hora de esgrimir argumentos orientados a la sostenibilidad de sus derechos. Mentimos los seres humanos a la hora de decidir la educación de quienes tenemos a cargo; ya que íntimamente sabemos que la misma tiene una absoluta deficiencia: La imposibilidad de acompañar de modo efectivo la maduración de los vehículos psicofísicos de niños, adolescentes y jóvenes.

Mentimos a la hora de asumir compromisos que, de antemano, sabemos transitorios y efímeros. Mentimos por costumbre, rutina, inercia, e ignorancia. Mentimos por desconocimiento de la verdadera energía de la compasión; así como por nuestra inaptitud para amar de un modo elevado. Mentimos para que otros crean lo que no es, siendo que preferimos también que se nos mienta antes de hacer frente a aspectos reales de la actual condición planetaria. Mentimos al tergiversar valor y precio en cada una de nuestras incomprensibles maneras de buscar sustento; cerrados a que la vida coloque para nosotros, del modo más simple y armónico, lo que realmente necesitamos.

Mentimos al acumular bienes materiales, así aparentara no haber -explícitamente hablando- destinatario ninguno de nuestra mentira. Somos víctimas de nuestras mentiras, de un modo mucho más efectivo, que aquellos a los cuales las destinamos. Simplemente, por que al mentir, más allá del resultado efectivo del engaño, hemos de sacrificar la verdad que pulsa en nuestro propio interior. Toda mentira coloca en el altar de lo absurdo, para su sacrificio, la verdad de la esencia y la esencia en verdad.


La mentira, incluso, es uno de aquellos  aspectos negativos de la personalidad que, necesariamente, ha de tornarse necesario manejar con idoneidad, y categoría, si el individuo buscara formar parte de la sociedad sosteniéndose mediante cierto tipo de actividades o profesiones. Diplomáticos, abogados, políticos, empresarios, entre otros rubros, suelen aplicar con estudiadas estrategias toda una profusa gama de mentiras.

Basta con prestar atención a los argumentos que suelen ser presentados a los ciudadanos a la hora de buscar justificar, con más mentiras, el porqué de una cantidad de cuestiones que, mediante puntual engaño, les fueron presentadas en momentos donde la búsqueda de votos, poder, y dinero, pasaba por su cenit. Sea que la sociedad hubiera sido víctima de los discursos electorales y sus falsas promesas, así como que se pretenda defender a un contaminador doloso como el vicepresidente de Minera La Alumbrera, o se entregue a las corporaciones, mediante sicarios del cuerpo diplomático, la promesa de contar con la represión de poblaciones enteras que permita a las multinacionales ejercer saqueo y genocidio.


No ser víctimas de la mentira o el engaño es una responsabilidad que todos tenemos. Exige un cambio radical en nuestra consciencia. Para que no puedan engañarnos debemos empezar a amar la verdad por sobre encima de cualquier otra cosa. Debemos armonizar con la verdad. Debemos llegar a sentir incomodidad si no la expresamos. Una incomodidad comparable con un verdadero ahogo. Debemos estar dispuestos a renunciar a nuestra compulsiva sobre valorización de la opinión pública; que representa, simultáneamente, nuestra propia desvalorización. La verdad no es una idea, ni un concepto, ni aún un mérito, es la característica básica de todo aquello que, proveniente de nuestros niveles más profundos de consciencia, es imprescindible para dar el tratamiento adecuado, momento a momento, a todo lo que la vida nos otorga.

Si la superficie de nuestro planeta desconoce la armonía, el equilibrio, y la verdadera paz, es porque la verdad permanece encapsulada en una conceptualización que transversalmente fragmenta y desvitaliza todo el campo de la vida tridimensional. Mental, emocional, y físicamente, la mayoría de los individuos confirma como única verdad el mundo de la forma. La base de todas las actividades humanas cuenta con ese concepto como principal motor. Así nos es extraño que, quienes viven alejados de la realidad interna, conformen una cultura donde la mentira deba llenar vacíos que solo la verdad puede transformar en genuina sustancia.
 
Cuando un estadista diserta, y analiza ante su auditorio las estrategias que garantizarían aquello que quienes lo escuchan desean, la mentira surge desde ambas partes. Él promete lo que sabe que no cumplirá, y aquellos otros, percibiendo desde una parte de su consciencia que solo son falsas promesas, se contentarán con que acceda al poder, aunque más no sea mintiendo, el producto de su decisión. Decidir es, para ciudadanos inmaduros, un acto cuasi voluptuoso. Por tal motivo, debe asumirse como una gran responsabilidad la capacidad de decidir ciertas cuestiones en el marco político de las sociedades.
Existen distintos ejercicios de la mentira. Las distinciones sociales son un resultado de ello.

El método mediante el cual se confina un ser, un grupo, o una etnia, a determinada condición o estrato, son la resultante de la aplicación sistemática de la mentira. La perdurabilidad de ese tipo de confinamiento aberrante, conviene a los poderes económicos, religiosos y políticos. Todos han de defender la mentira estandarizada, buscando enmascararla de un modo tal que su interpretación y desguase se tornen inviables.

Cuando desde el poder central nacional, así como desde los productores monocultivistas  -el agro contaminador- buscaban ganar la opinión pública en una vergonzosa pulseada, ambos mentían de modo enfermizo. Ambos sabían que cualquiera de las dos posiciones solo significaría empobrecimiento, enfermedad y muerte para las poblaciones.

Cuando la presidente de la Argentina vetó la Ley de Glaciares, mintió de modo consciente e intencionado al momento de dar los motivos de su veto. Allí esta la provincia de Santa Cruz, y otras provincias, al borde del desangre social y ambiental, de concretarse el sentido engañoso del veto presidencial.

Decíamos que existen distintos ejercicios de la mentira, y debemos conscientizar que existen también distintos ejercicios o modos de estar ante la verdad. El menos ensayado de todos ellos es, irrestrictamente, ofrecer nuestra vida y consciencia en su aplicación y sostén. Culturalmente hemos de superar esta posición inércica del debate fragmentante, para dar paso a una verdadera inteligencia  -aspecto ligado al aprecio genuino por la verdad- intentando ensayar la Ley de Complementariedad.

Esto es indispensable, ya que los cazadores se han unido y aplican su azote en hordas de mentira corporativa que globalmente cotiza en los feudos bursátiles.

No podemos seguir mintiéndonos. Hemos de asumir el camino de la verdad, que no es otra cosa que el camino de la comunión. Comunión que ha de comenzar con nuestra propia e íntima esencia interna, para luego reflejarse en nuestra relación con cada ser, situación, aprendizaje, y servicio.

Así posiblemente podamos vivir la energía de la verdad de un modo práctico, desestimando que su aplicación sea una romántica utopía. No esperemos que sean otros los que intenten tan valiosos pasos. Abrámonos a vivirlo como la necesidad de estos tiempos de transición. Obremos como verdaderos pioneros, confirmando que una nueva humanidad busca asomar por medio de quienes ya no se encuentran representados por el patrón común imperante.

La mentira siempre se ha cobrado sus víctimas. Hace dos mil quinientos años, uno de los hombres más sabios que conoció este planeta, el ateniense Sócrates, fue llevado ante un tribunal y condenado mediante la profesional labor de un sicofante, es decir, mediante las artes de un calumniador de oficio. Así y todo, Sócrates comentaba a sus amigos que nada que procediera del ejercicio de la verdad, o de su búsqueda, podía ser visto como inadecuado por él.

Incluso hacía referencia a la muerte, pena que le aplicarían ni bien la nave insignia entrara al Pireo, como una dádiva propia de quién había dedicado su vida al descubrimiento del hombre. Lo que jamás los atenienses le habían podido perdonar a Sócrates es que su vida transcurriera en la fe y la verdad. De todos modos, su ejemplo permitió que jóvenes como Platón o Jenofonte sirvieran, cada uno a su manera, como herramientas para que su amor por la verdad pudiera inyectarse como un fuerte complemento en la civilización de occidente.
La mentira siempre se ha cobrado sus víctimas, decíamos, y dependerá siempre de los hombres que esa estadística ingrese en hipofunción.

Hemos de defender el campo de la vida toda para que la mentira y el engaño no rijan nuestros destinos. Hemos de renunciar a nuestras preferencias y deseos cuando percibamos que su realización implica el alejamiento de la verdad. Hemos de buscar la simplificación de nuestra vida, retirando lo superfluo, cuyo sostenimiento se basa en el poder aplicado de la mentira. Hemos de donarnos para lo que la vida requiera de cada uno de nosotros.

Lo que equivale a dedicarnos exclusivamente a la verdad. Una verdad que no necesitará ser defendida, explicada, o confrontada. Una verdad cuyo poder sea tan grande que, al momento de absorbernos, nos revele que el mayor peligro no consiste en la mentira en si misma, sino en la pobreza proveniente de la falta de verdad. 
                                                   

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